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El mundo post Covid-19 necesita una mejor forma de medir el crecimiento económico

Centrarse en el PIB y las ganancias económicas produce distorsiones en el diseño de las políticas públicas orientadas a paliar las necesidades sociales básicas, especialmente en las economías emergentes.

Felipe Curcó
26 June 2020
Cris Faga/SIPA USA/PA Images

Uno de los innumerables cambios que la pandemia de Covid-19 (SARS-Cov-2) producirá en el mundo será en la manera que tenemos de medir la salud económica de las naciones. Cada vez será más notorio, en especial en el mundo emergente, que el PIB mide el tamaño de la economía pero no necesariamente refleja la prosperidad ni el progreso de un país. Más aún: el excesivo énfasis derivado de centrarse únicamente en el PIB y las ganancias económicas para medir el desarrollo conduce a ignorar los efectos negativos del PIB en la sociedad. Esto produce profundas distorsiones en el diseño de las políticas públicas orientadas a paliar las necesidades sociales básicas, especialmente en el caso de las economías emergentes.

Contraproductividad: una nueva categoría esencial para el análisis

Debemos a Ivan Illich el uso de una de las categorías de análisis más importantes de nuestro tiempo: el concepto de contraproductividad. La contraproductividad describe un fenómeno característico de los mercados desregulados y la post-industrialización tardía. Se refiere al hecho de que, rebasados ciertos umbrales, el funcionamiento de instituciones, herramientas o incluso actividades económicas, termina por generar fines nocivos y contrarios a aquellos que originalmente se esperaba lograr a través de tales instituciones, herramientas o actividades.

Como ejemplo de contraproductividad, Ilich aludía al caso del transporte. Originalmente pensado para mejorar nuestra movilidad, una vez rebasado cierto límite el transporte motorizado no sólo no reduce, sino más bien incrementa la cantidad de tiempo social dedicado a la movilidad. La invención de los automotores dio lugar además a un determinado diseño urbano que eliminó el acto autónomo del transitar basado en el uso de los pies del transeúnte. Si el fin de los automotores era aumentar nuestra autonomía móvil, lo cierto es que su efecto acabó transformándose justo en lo contrario.

Otro ejemplo, decía Illich, lo constituye la escolarización. Pensada originalmente como factor de integración y movilidad social, la realidad es que en sociedades donde la mayor parte de la gente no puede completar el ciclo de escolarización (como suele ocurrir en lo países en desarrollo), el sistema escolar se transforma en un costo que sólo unos pocos pueden pagar y, por tanto, en un factor de discriminación antes que de integración social.

Contraproductividad, PIB y progreso económico

Centrarse exclusivamente en el PIB y las ganancias económicas para medir el desarrollo y diseñar políticas públicas es contraproductivo, pues ignora los efectos negativos del crecimiento económico en la sociedad, tales como los cambios climáticos, la afectación ambiental y la desigualdad de ingresos. Lo dijo Joseph Stiglitz en Davos: “lo que medimos informa lo que hacemos. Y si estamos midiendo lo incorrecto, haremos lo incorrecto”

El PIB integre diversas paradojas contables: el terremoto de 2008 que azotó la provincia de Sichuan en China elevó enormemente la medición del crecimiento económico pues la destrucción física no se descuenta del PIB

Por ejemplo: el PIB toma en cuenta los automóviles que producimos, pero no mide las emisiones que generan. Suma el valor de las bebidas azucaradas que la industria vende, pero no resta los casos de diabetes y el costo que éstos tienen para la salud pública. Entre dos países cuya economía tiene un tamaño similar, no toma en cuenta el costo en términos de descontento social que la desigualdad medida en términos de coeficiente Gini tiene para un país.

Al mismo tiempo, el PIB obvia actividades altamente productivas y que reducen costos, pero que sin embargo no forman parte de la cuenta que integra su cálculo. Tal es el caso de lo que sucede con buena parte de trabajo que se produce en el hogar (como cocinarse, lavar, planchar o tejerse la ropa) o de las aportaciones que muchas actividades económicas hacen a la comunidad fuera del trabajo formalmente remunerado. Esto genera que el PIB integre diversas paradojas contables: el terremoto de 2008 que azotó la provincia de Sichuan en China – que dejó el área en ruinas y mató a más de 80 mil personas – elevó enormemente la medición del crecimiento económico en esa región pues la destrucción física de hogares y construcciones no se descuenta del PIB (si bien de él sí se restan los ingresos personales y comerciales que dejaron de percibir, por ejemplo, quienes perdieron algún negocio).

Varios países han comenzado por ello a dar pasos correctivos en lo que respecta al modo de medir su desempeño económico. El 2 de junio de 1974, en su discurso de coronación, el monarca de Bhután, Jigme Singye Wangchuck, sostuvo que “la felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interno bruto”. Desde entonces, la filosofía de la felicidad interior bruta (FIB) ha guiado la política de Bhután y su modelo de desarrollo. También la India, por ejemplo, lleva ya tiempo trabajando en un Índice de Facilidad de Vida, el cual mide la calidad de vida, la capacidad económica y la sostenibilidad.

La receta contraproductiva para el mundo en desarrollo

La idea de progreso basada en el PIB ha resultado desastrosa para los países en vías de desarrollo. Su origen, como es bien sabido, se remonta a la mentalidad keynesiana de posguerra y a la receta que recomienda el fortalecimiento del mercado interno como vía indispensable para la reactivación económica. Esta lógica se resume así: para que la economía capitalista funcione de manera adecuada los procesos de acumulación (ahorro e inversión) han de invertirse en nueva capacidad productiva. El aumento de la capacidad productiva se traduce en un aumento de la tasa de empleo. El aumento en la tasa empleo genera un mayor ingreso. Más ingreso deriva en un mercado con mayor poder adquisitivo y potencial de consumo, lo que a su vez favorece la inversión productiva, generando la consiguiente expansión del ciclo.

Bajo esta lógica suele diagnosticarse que lo que falta en el mercado interno de los países en desarrollo es incrementar su demanda efectiva. De ahí que la política pública en estos países se oriente a potenciar tal clase de demanda. Esta lógica errada supone que no se puede avanzar en el círculo keynesiano a menos que se dote a campesinos, obreros y grupos depauperados de un poder adquisitivo cercano al de la clase media para que entonces unos y otros puedan comprar las mismas cosas y con ello fortalezcan el mercado interno.

Sin embargo lo anterior lleva tiempo. No es posible sacar a millones de la pobreza para convertirlos en clase media de la noche a la mañana, así que la única solución al alcance del mundo en desarrollo ha consistido en tratar de integrar el mercado de la clase media nacional al gran mercado internacional de las clases medias de los países desarrollados, promoviendo la integración económica y el aumento de las exportaciones. Pero con esta clase de política los mercados internos de las naciones en desarrollo lejos de fortalecerse se han debilitado. ¿Qué haría falta, entonces, para que el mercado interno en economías emergentes pueda robustecerse?

Economía de subsistencia después de la Covid-19

La demanda efectiva es necesaria para ampliar el mercado interno, pero no suficiente. Se requiere también una oferta efectiva. Para que la ley de Jean-Baptiste-Say (conocida como Ley de Say) se cumpla (“La oferta crea su propia demanda”) se requiere no sólo que los demandantes potenciales tengan los recursos para adquirir los bienes que el mercado les oferta, sino que las cosas que el mercado ofrece correspondan efectivamente a las necesidades de los grupos más vulnerables o marginados. “Así como desde el punto de vista de la demanda la efectividad equivale a tener dinero,” escribe Gabriel Zaid, “desde el punto de vista de la oferta efectividad equivale a pertinencia”. En otras palabras: la obsesión por el crecimiento económico tiende a generar un perverso efecto contraproductivo cuando el mercado únicamente oferta insumos que no son satisfactores de necesidades reales, sino productos que o bien crean más necesidades de las que resuelven, o bien se dirigen a satisfacer intereses que no resuelven las exigencias más apremiantes de la gente.

La pandemia de Covid-19 de 2020 requerirá nuevas maneras de entender y medir la salud económica

La oferta global de satisfactores con respecto a las necesidades del conjunto de la población en los países pobres es un fiasco. Un mercado que oferta televisores inteligentes, autos, ordenadores, o conectividad 5G en telefonía móvil para una demanda básica que en su mayor parte lo que requiere es agua potable, comida, ropa y medios de subsistencia básicos, es un mercado que adolece de graves fallas y distorsiones. Una nueva configuración de oferta oportuna para las necesidades y recursos de los sectores mayoritariamente empobrecidos obraría un verdadero milagro económico.

Conclusiones y observaciones finales

El puro hecho de tomar en serio el consumo básico como la primera cuestión económica nacional cambiaría muchas cosas, empezando por la manera en que suelen plantearse los problemas y las soluciones. Evitar la contraproductividad requeriría que la política económica se adaptara a la lógica del consumo: es necesario lograr primero alimentar adecuadamente a las personas para después vestirlas, vestirlas para después ofrecerles un automóvil, etcétera.

Maximizar la Felicidad Bruta o la Facilidad de Vida como sugieren los índices propuestos en Bhután o la India es agradable y fácil de prescribir pero es necesario especificar antes cómo esto habría de realizarse en términos prácticos.

Una oferta pertinente para un mercado pobre debe enfocarse en ofrecer medios de producción baratos para la generación de satisfactores básicos. Por ejemplo: el apoyo al fortalecimiento de la producción y la economía doméstica no contabiliza a la cuenta que mide el PIB, pero es algo que puede llegar a tener enorme impacto en el desarrollo y bienestar de las familias. Tal es el caso de la economía y agricultura doméstica y de subsistencia (por ejemplo, la siembra de pequeños huertos doméstico en parcelas o macetas), así como en general de la oferta pertinente de medios y recursos que permitan a poblaciones de riesgo atenderse a sí mismas (en lugar de ofrecerles productos lujosos que en nada corresponden a sus necesidades reales y urgentes).

Semejantes estrategias significan ofrecer medios pertinentes de producción para que personas sean capaces de sembrar, cocinar, hacerse ropa y casas por sí mismas fuera de las relaciones de intercambio del mercado, especialmente en aquellas circunstancias en que operar dentro del mercado resulta contraproductivo para la economía familiar.

Ello implica romper el dogma en el valor incondicional de las economías de escala así como el fanatismo consistente en seguir alimentando estándares de consumo ilimitados e imposibles de satisfacer. Existen sin dudas métodos alternativos para incrementar el bienestar más allá de la lógica expansiva implicada en los círculos de producción y consumo. La pandemia de Covid-19 de 2020 requerirá nuevas maneras de entender y medir la salud económica. La necesidad de reconstruir la economía mundial obliga más que nunca a la economía política a no rehuir la discusión en torno a cómo generar nuevos modelos de desarrollo que no sean contraproductivos.

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